Fuego y Vida

No todo el mundo es capaz de comprender a la madre naturaleza. La mayoría ve la extensión de nuestro entorno como un recurso para la supervivencia. Algo que ha de ser utilizado y mantenido en buenas condiciones para que la sociedad crezca y el mundo prevalezca. Hay quienes se dejan llevar demasiado por la codicia e ignoran el bienestar de la naturaleza; y otros que la protegen con tal empeño que solo aceptan dañarla si es absolutamente necesario.

Los orcos de Uron’Tek entran dentro de la segunda categoría. Su vida en el profundo bosque es tranquila, nómada, solo tomando de la naturaleza lo mínimo necesario para sobrevivir con cierta decencia. Viajan constantemente para permitir al bosque sanar antes de volver a tomar parte en la cadena alimenticia de un área. La cultura, las leyes y tradiciones, todas giran en torno a esta idea. Druidas y chamanes los lideran y mantienen por el camino de la rectitud. Su interacción con las gentes del exterior es escasa, que inicia pacíficamente, pero se agrava si tratan de dañar el bosque. Pero esta es sólo una máscara, una mentira que se cuentan a sí mismos mientras ignoran el daño que puedan estar provocando fuera de su alabado bosque.

Ahí nací yo. Un joven capaz de oír la voz de la madre naturaleza es un regalo de los dioses. Pocos nacen con ese don, y hay rumores de que algunos lo fingen para ganar prestigio en la tribu, pero en mi caso era cierto. No podía literalmente hablar con animales o plantas, pero podía sentir sus intenciones, sus deseos e instintos. Durante varios años fui el centro de atención de la tribu. Mis padres estaban orgullosos de haber traído al mundo a uno tocado por los espíritus. Los regalos y las alabanzas llovían sobre mi… pero no las aceptaba. La gente siempre es de opiniones variables y ocultas, difíciles de leer. Mas tiempo me encontraba por mi cuenta entre las copas de los árboles que tratando de entablar conversación. Afortunadamente no era un problema para la tribu. No era el primero que actuaba así ni sería el ultimo. Lo importante es que tomara mi papel como druida con seriedad.

Pero ya desde un principio tenía mis dudas sobre las acciones de mi gente. Una sensación que me avisaba de que aquella no era toda la historia, que algo se estaba haciendo mal. Con el tiempo, conforme mis poderes crecían, la sensación se tornó una voz.

“Vosotros, orcos, estáis demasiado obsesionados con la vida” decía “la existencia del mundo es un ciclo que debe ser mantenido”, “está bien alabar la vida, pero nadie debe de olvidarse del otro lado de la moneda. Vida y muerte forman un equilibrio frágil que tratáis de ignorar”. Y aunque comenzó con pequeñas frases casi ininteligibles, la voz femenina aumentó en potencia y claridad, como si ella estuviera hablándome a mi lado, entablando enteras conversaciones; una amiga que solo yo entendía.

No comprendí a que se refería la voz hasta varios años después, terminado mi entrenamiento básico. La tribu se estaba dirigiendo al extremo septentrional del bosque. Yo nunca había estado allí. Decían que el área había sido devorada por un terrible incendio, así que habían decidido esperar más tiempo de lo normal en regresar, para no alterar el ciclo de reparación del bosque. Y, a pesar de sus palabras de destrucción y cicatrices yo lo que encontré fue un área más exuberante que el bosque que conocía.

Mientras mi atención se fijaba en el crecimiento del bosque, recordando las lecciones sobre el ciclo de las que me hablaba la voz. La muerte del fuego reforzó la vida. Sonaba contradictorio, pero ya no podía negar la verdad de sus palabras.

Tan embelesado estaba que no noté a dónde nos dirigíamos, encontrándome sin notarlo en el interior de una fortaleza de piedra en ruinas, comida por la maleza, tras lo que se decidió que dormiríamos allí y festejaríamos por la salud del bosque. Al preguntar respondieron que antes eso era una fortaleza humana, los causantes del incendio. La tribu arrasó la población antes de partir el área.

“¿Ves a lo que me refería? Tan obsesionados con el bienestar del bosque que no ven la destrucción que provocan. ¿Vida? ¡Ja! Sus creencias son imperfectas y desenfocadas. Su idea de vida arrasó una población sin pruebas reales de que fueran los culpables. Y ahora festejan que el bosque se ha tragado una parte de estas llanuras, destrozando el equilibrio del ecosistema. La vida no equivale al orden, hay que tener muerte para alcanzarlo. Este bosque es también ejemplo de ello. Un incendio tan funesto llenó el suelo de nutrientes permitiendo su renacimiento tras purgarlo de posibles enfermedades y parásitos. Vida y muerte deben estar equilibrados. Y los tuyos llevan dando prioridad a la vida demasiado tiempo. Algo debe hacerse para retornar el equilibrio que sus acciones han provocado, detener el crecimiento excesivo de este bosque.”

Actualmente vivo en las montañas, odiado por mi pueblo, encontrando refugio con cualquier tribu de las alturas que agradezca el calor del fuego y un sabio guerrero. La voz sigue a mi lado, acompañándome como una vieja amiga, pues es la única forma en la que sé cómo tratarla y a ella parece gustarle. Dice llamarse Ember, hija de la madre naturaleza y, aunque no puedo estar seguro de tal afirmación, cuida a esta con la devoción de una hija, manteniendo siempre el equilibrio del que me hablaba.

Es solo una pena que nunca pueda regresar a mi hogar. Nunca llegará el día en el que me perdonen por prenderle fuego a la totalidad del Uron’Tek.

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