Las aguas de la unión

Arrodillado sobre la cama, agarrando su mano con fuerza, solo podía ver entre lagrimas como el amor de su vida se desvanecía poco a poco. La piel de la joven era pálida, con bolsas bajo los ojos, pegados a los huesos por una perdida excesiva de peso. Su largo cabello otrora rojizo había perdido su intensidad dejando paso a canas severamente prematuras. Extrañas cicatrices como cortes por su cuerpo denotaban su extraña enfermedad. Aun respiraba, pero la lentitud con la que se movía su pecho y el frío de su piel no deparaba nada bueno.

Tras de él, en la otra habitación, podía oír ligeros murmullos y sollozos mientras el curandero contaba a la familia de la joven las malas noticias. No había nada que pudiera hacer él, ningún tratamiento físico o mágico que conociese, capaz de curar la enfermedad que la afligía. Enfermedad que parecía haber atacado a otro pequeño número de jóvenes en los territorios circundantes.

Ella siempre había sido de constitución débil, y tantas veces le había prometido llevarla de viaje cuando se encontrase mejor. Simplemente no era justo, a punto como estaban de asentarse y formar una familia juntos, que ella perdiera la vida cuando todavía tenía tanto por disfrutar. La tristeza y la desesperación se acumulaban en sus lagrimas sin detenerse, tanto que sin cuidado podría ahogarse al levantar su rostro hacia los cielos en rezo.

Al hacer este movimiento su atención se posó en una figurilla de madera sobre un mueble cercano. Era un zorro de dos colas con un collar de perlas. Se decía que estos seres eran enviados de la diosa Aoven, la diosa de la familia y el hogar. Con esta visión llegó un recuerdo, una leyenda, un cuento de esos que se dicen como entretenimiento religioso pero que nadie realmente cree en ellos. La leyenda dice que en lo mas profundo del bosque cercano existe una laguna, un manantial, rodeado de la senda foresta que se alimenta de sus aguas. Allí la diosa Aoven se casó con el dios de la naturaleza, Koum, dejando tras de sí unas aguas benditas que darán felicidad a las parejas que, como ellos, juren su amor bajo los robles. El manantial ciertamente existe, pero nunca hubo ningún efecto especial sobre quienes lo hacían, por eso solo se considera legendario, pero es una bonita historia que muchas jóvenes parejas seguían. Él había prometido llevarla allí en algún momento, pero el recuerdo se había desvanecido conforme aumentaba la preocupación.

“Igual este es nuestra última oportunidad de estar juntos, al menos debería cumplir mi promesa.” Se dijo a si mismo mientras besaba la mano de su amada y se marchaba a prepararse para el viaje.

Los padres de la joven se quejaron, temían que muriera por el camino y no tuvieran la oportunidad de estar con ella en sus últimos momentos. Pero tampoco podían negar las razones del joven, no podían negar el bello amor que había surgido entre ellos, que habían visto florecer, ni la certeza que tenían de que aquello probablemente era lo que su hija deseaba, aunque esta no pudiera expresarlo. Terminaron dando su aprobación, despidiéndose de su hija, aceptando que lo más seguro fuera que no la volverían a ver, y ambos marcharon aquella misma tarde.

La noche estaba por caer cuando llegaron al linde del bosque y por mucho que el caballo se preocupase, continuarían incluso de noche, sin importar los peligros de la oscuridad. No quedaba mucho tiempo. Guiado por la luz de la luna atravesó la foresta sin detenerse, ignorando incluso los temibles aullidos de las manadas de lobos que por ahí habitaban. Pero estos no se cruzaron en su camino, como una señal de que se les permitía el paso en su situación, o como si esperasen a algo.

Sería medianoche cuando alcanzaron el claro donde nacía el manantial. Era distinto que como las leyendas lo describían, naciendo en un claro rocoso donde sólo cuatro inmensos robles crecían rodeándolo, alejados del resto del bosque de forma casi antinatural. La preciosa cúpula de ramas y hojas dejaba el suficiente paso de luz para crear bellos reflejos en el agua y en las raíces de los robles, que bajaban por el borde del agujero para alimentarse de las aguas, un metro por debajo.

Con todo el cuidado del mundo llevo a su amada a la orilla, dejándola descansar tumbada a su lado, mientras él se arrodillaba y empezaba un rezo.

“Sé que este no es el propósito de este lago, si la leyenda es correcta, pero es mi única opción. Los medios mortales han fallado, mi amada se muere. Sería incapaz de vivir sin su presencia. Sin su brillante sonrisa ni sus ojos soñadores que siempre miran al futuro en busca de las muchas cosas que desea hacer. No puedo vivir sin su alegre voz y su sentido del humor que alegran todos mis días solo con estar a su lado. Ella es mi mundo, mi alma, mi existencia. Si ella muere muero yo también. Puede sonar egoísta, que lo hago por mi bien, pero no es así. Debido a su salud aun no ha disfrutado de la vida. Solo pido que se la de una oportunidad de vivir, aunque sea tomando mi vida a cambio”

Si voz murió entre lagrimas al ver que ella había despertado, mirándole con débiles pero furiosos ojos, criticando esa ultima frase, afirmando que ella tampoco viviría sin su presencia.

“Vuestra situación es ciertamente precaria” Dijo una voz femenina sin origen, ominosa, amable pero fría “Conozco la maldición que afecta a tu amada. Ya se ha cobrado su cuerpo y poco puedo hacer incluso yo en ese aspecto. Pero puedo salvar su alma.”

“Cualquier cosa…”

“No lo comprendes, mortal. Ella deberá reencarnar para poder quedarse en este mundo. Incluso si sus memorias permanecen deberá abandonar esta forma humanoide y no puedo asegurar que la vuelvas a ver.”

Tras un ligero silencio en el que las dos enamoradas figuras hablaron con miradas, el joven dio su respuesta, tras secarse las lágrimas en sus ojos con la manga de su camisa, con una seria determinación en su voz. “En ese caso déjame ir con ella. Si debo deshacerme de esta vida para continuar a su lado, que así sea.”

“Eso es lo que esperaba oír, y no lo digo solo por ti, joven. Tu querida acompañante tiene una idea y petición similar. Prefiere morir para siempre que vivir sin ti a su lado. Son solo estos ejemplos de amor los que mueven mi corazón lo suficiente para querer interferir con las vidas mortales. Venid, acercaros, poned vuestros pies en el agua y dejaros llevar. Yo haré el resto.”

Se sentaron en el borde, juntos abrazados, con una sonrisa melancólica en su rostro. Pronto un cosquilleo empezó a crecer por sus piernas, viendo ante sus propios ojos como su carne cambiaba, transformándose en la rígida corteza de un roble. Miraron a su alrededor con atención y notaron que el resto de los robles, en su base, parecían ser dos vagas figuras humanoides abrazándose. No eran los primeros en pedir ayuda a la diosa.

La transformación solo duró unos minutos. El roble creció y se extendió, añadiendo sus ramas a la bella cúpula natural y al ambiente místico del manantial. Varios días mas tarde dos pequeñas figuras despertaron al pie del árbol, zorros de dos colas de bello pelaje cobrizo. Un macho y una hembra, unidos por un amor que trascendía especies. Miraron con agradecimiento una figura en el lago, ahora visible, una mujer de sobrenatural belleza vestida con pieles y sortijas de hueso quien les respondía con una similar sonrisa. Tras lo que salieron corriendo alegres, perdiéndose en la espesura, dejando tras de si los restos de una trágica pasada vida, con los sonidos del bosque como nueva y constante compañía.

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