La vida del familiar II

Nunca, repito nunca, cambiéis de forma a vuestro familiar. Puede parecer una tontería, pero lo digo en serio. ¿Sabes lo confuso que es llevar años como un gato y que de repente te vuelvas un pulpo? ¿Por qué tantos brazos? Incluso si mi maestro me aviso de antemano no hay quien pueda prepararse para un cambio como ese. Sí, técnicamente dada mi naturaleza arcana sé instintivamente como hacer funcionar dicho nuevo cuerpo, ¡pero sigue siendo extremadamente raro!

Llevaba ya varios años estudiando bajo la supervisión del maestro Cohen cuando se le ocurrió a probar este hechizo. Yo había creído que no lo había intentado antes por respeto hacia mi persona… no, simplemente no se le había ocurrido. No lo ha vuelto a hacer… estar a punto de asfixiarle le hizo alcanzar mi opinión al respecto. Soy su compañero, su familiar, no su esclavo… ¡y soy un gato! Si quieres transformarme por necesidad, lo permito, pero si es por diversión, hasta ahí no llego.

Pero no lo veáis como algo malo, es más, reforzo nuestra relación. Mi maestro era joven, me veía solo como la mascota que tanto le había costado conseguir, hasta ese momento de rebelión por mi parte no había tenido en cuenta mi opinión en nada, al igual que cualquiera haría con un gato normal y corriente. Pero yo no soy tal cosa. No sabré hablar, pero comprendo la lengua hablada y soy mas inteligente que una simple bestia. Este entendimiento nos permitió avanzar mas como compañeros, amigos, que como dueño y animal de compañía.

Excepto por ese enervante suceso, aquellos años de mi vida fueron pacíficos. Vivía como una mascota cualquiera, pero con la cabeza suficiente para comprender como contentar a todo el mundo. Los padres de mi maestro, reticentes al principio, empezaron a quererme viendo lo bien que les entendía y comprendía sus peticiones y órdenes.

Y en el vecindario me había vuelto algo famoso, en parte por las capacidades mágicas que poseía mi maestro, en parte por mi extravagante aspecto. Al menos con la pubertad mi maestro tubo la sensatez de quitarme el símbolo arcano de la frente, pero mantuve las rayas, me gustaban su aspecto. A mi paso la gente me saludaba a sabiendas de mi origen y buen comportamiento. Me daban comida, me pedían favores de mensajería o caza. No me importaba en lo más mínimo el trabajo, era algo que hacer mientras mi maestro estaba ocupado.

Hubo una vez en la que me quedé a acompañarle en una de sus clases con el maestro Cohen, pero me aburrí enseguida. Mi naturaleza arcana, aunque no soy capaz de comprender la extensión de lo que esto significa, me da ciertos conocimientos rudimentarios de magia. Sé como funciona, al menos las bases, así que las clases del maestro Cohen no creaban interés en mi mente, prefería explorar el pueblo.

No era un gran pueblo, poco lugar interesante, pero siempre algo nuevo oculto en alguna esquina, en alguna granja abandonada o viejo pozo; incluso llegue a formar parte de un pequeño grupo de gatos locales, una familia.

Solo un día destaco de entre el resto, si descontamos el día del pulpo, y fue con la llegada de un grupo de aventureros. Magnificas figuras de extrañas y brillantes armaduras que solo verlas te hacia imaginar las interminables aventuras que habían vivido. Llegaron de camino hacia Tornasol, una gran ciudad hacia el oeste, pero se quedaron para ayudar con una manada de lobos que había estado molestando al ganado últimamente. Echaron una mano, deleitaron a la población con sus andanzas, y al final se marcharon, llevándose la atención de los habitantes quienes los verían en sueños en los próximos días… o en el caso de mi maestro, años.

Se había obsesionado con ellos. Solo leer libros de magia ya no le atraía, quería practicar y practicar para poder salir de aquel pueblo y convertirse en aventurero. No importaba cuantas veces hablase el maestro Cohen con vehemencia de la universidad mágica de Tornasol, a mi maestro ya no le interesaba asistir, solo quería aprender lo máximo posible del viejo mago en lo poco que le quedaba hasta la mayoría de edad y, llegado el momento, abandonar su vieja vida y explorar el mundo.

Si, mi maestro era un soñador, un idealista, que no había pensado en los terrores y esfuerzos de la vida del aventurero; pero al igual que de pequeño sobre tener una mascota, una vez se le metió en la cabeza, nadie podía quitarle la idea. Ni siquiera las lagrimas que sus padres dejaron caer cuando al día siguiente de su decimoctavo cumpleaños les informó de que se marchaba, sin previo aviso, a buscar su camino en la vida como aventurero. A mi no me hacia mucha gracia la idea, pero le seguí. No es que tuviese otra opción, alguien tenia que proteger a este joven inocente.

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